Eloísa del Mar Arenas Torresdey

 

“Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al

alba luminosa”

Alejandra Pizarnik

“La naturaleza las hace brujas…”

Jules Michelet

 

Es tiempo de cosechas, los frutos se recogen y se celebra que estamos vivas. Una atmósfera melancólica nos rodea pues los rituales para la fiesta de Todos Santos ya comenzaron. Se abren los umbrales para la visita de nuestras fieles difuntas que llegan con el viento blanco de los primeros fríos. Como es tiempo de reflexión y agradecimiento a la madre tierra, dadora de vida y devoradora cruel, me parece buen momento para hablarles de mis dos abuelas adoptivas, mis poetas brujas, las que invaden mis sueños y me murmuran al oído las palabras hechizo. Contaré un poco sobre mis encuentros con ellas, el asombro que me producen su obra y vida, y con suerte, despierte en ustedes la curiosidad lectora.

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Leer los poemas de Margarita Michelena es asomarse a lo infinito en toda su siniestra soledad, contemplar la belleza terrible de la noche que habitamos y en su música vislumbrar apenas el misterio de nuestro origen nunca revelado. Vocación de poeta, Michelena asumió su destino de inefables vuelos aperlados y descensos contemplativos, la luz de su canto entre tinieblas, su voz que nombra lo desconocido mientras lo oculta: “La poesía es el instrumento revelador por excelencia, pero la desdicha es que nunca llegas a la verdad final, absoluta, aunque aspires a ella.” (entrevista con Cristina Pacheco, p. 320). A sabiendas del designio, entre embeleso y terror, Michelena me hace ver:

Una estrella de alta combustión.

Una cosa purísima, innombrable.

La construcción de los versos de Olga Orozco es monumental y serpentina, con sus ojos inmensos, es Reina de las Sombras, la seductora de largo aliento. Su universo poético trasciendió los límites de la hoja e impregnó todo aquello que la rodeaba, para multiplicar, incansable, “las posibilidades del yo”. Magia y escritura: hizo adivinación sobre su destino con la cartomancia, los cadáveres exquisitos, las sopas de letras y las máscaras; se vistió de noche para construir castillos a las hadas, domadora de lagartos e incendios; ella es el ser lírico por excelencia, conocedora y nostálgica de su prolongación.

Primero conocí los versos de la poeta argentina, Olga me habló de la víspera de su muerte desde ultratumba pues fueron los Últimos poemas (2009) donde por primera vez escuché su voz. Al poco tiempo, comencé a leer a Margarita y recuerdo que los poemas “Dualidad” y “A mi hijo sin vida” me mostraron zonas antes no exploradas en mi experiencia lectora.

Mi primer descubrimiento, un tanto irrelevante si ustedes gustan, no deja de ser interesante y aportar, al menos, pistas sobre el espíritu de época que marcó nacimiento, vida y muerte. Ambas vivieron en dos latitudes distintas, pero casi los mismos años: M. M. nació un 21 de julio de 1917 en Pachuca, Hidalgo (celebramos el centenario de su salida a la luz “en un mundo enemigo / jubiloso y extraño”); a los 81 años murió en la Ciudad de México, un 27 de marzo de 1998 (el año entrante se cumplirán dos décadas de la “fecha oscura” sobre su frente). O.O. nació en Toay, La Pampa un 17 de marzo de 1920 (presumiendo vida y salud, pronto alcanzamos la conmemoración de sus cien años) y a la edad de 79 entró en el “sueño perdurable”, un 15 de agosto de 1999, en Buenos Aires.

En pleno término de la Segunda Guerra mundial, las dos comenzaron a publicar muy jóvenes: nuestra poeta mexicana en 1945, Paraíso y nostalgia; Orozco en 1946, un poemario titulado Desde lejos. A partir de entonces, su trayectoria poética labró gloriosos caminos lejos de los reflectores y, sin embargo, ambas fueron consideradas verdaderas poetas dentro de un ambiente literario donde los hombres predominaban.

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En Los juegos peligrosos (1962), de Orozco, hay un poema que se titula “Si me puedes mirar” en el que la hija poeta, “desamparada criatura”, habla a su madre muerta en busca de protección y guía: “Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana”. En el poema, la madre ausente habita otra dimensión inaccesible a la hija y, sin embargo, acude a consolarla en su lamento:

Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo,

sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,

o me ordenas las sombras,

o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado

cualquier día,

o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón.

Por otra parte, Michelena escribe “Lección de cosas”, un poema en tres cantos dedicado a su hija Andrea y publicado en El país más allá de la niebla (1968). Es al inicio de la tercera parte donde la voz de la madre poeta, “inextinguible espiga”, le anticipa a su hija el suceso de su muerte. El ritmo es lento, el tono grave, versos endecasílabos y eneasílabos hermosamente dispuestos transmiten la trágica e inevitable noticia:

… Sobre mi frente

hay una fecha oscura, hay una hora

de soledad, hay una noche

aguardándome encima de los ojos

y que habrá de bajar a devorarme.

Al cierre del poema, la voz de la madre se sobrevive en las palabras y trasciende también el poema mismo en la corporeidad de la hija:

Nunca te diré adiós. Yo no podría,

viéndote, dulce hazaña del rocío,

inscrita en la belleza de las cosas,

despedirme, en la muerte, de mí misma.

Es importante señalar la sincronía en los dos poemas, aunque la hija poeta cante a su madre para revivirla en las palabras y la madre poeta cante a su hija para mantenerse viva, ambas disponen un orden de cosas en donde contemplamos la eternidad enraizada en sí mismas y conscientes de la continuidad de su sangre en los tiempos, deciden nombrar el misterio que las envuelve. Son suyos los dominios de lo poético, brujas de la palabra reaparecen apenas se las lee, nos invade su espíritu para revelarnos la fugacidad y permanencia de nuestro ser y el poderío de la madre más allá de la muerte.

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Referencias:

Michelena, Margarita. (1996). Reunión de imágenes.

Orozco, Olga. (2009). Últimos poemas. Barcelona: Bruguera.

                          (2012). Poesía completa. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.

Pacheco, Cristina. (2001). Al pie de la letra. México: Fondo de Cultura Económico.

 

 

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