Enrique Padilla

 

Me gusta mi cuerpo. Me gustaría que tuviera un poco más de músculo, no porque lo necesite (la vida de un escritor/traductor exige poco de las potencias físicas) sino porque no soy inmune al mandato social que, más allá de exhibir una buena salud, hace del cuerpo atlético el símbolo de una condición “más deseable”. También, si lo recorro de arriba abajo, encuentro más mejoras posibles, que puedo identificar con otros tantos preceptos culturales. Me gustaría, por ejemplo, ser más alto, o que la barba de mis mejillas fuera más tupida. Pero mi cuerpo, dentro de lo que cabe, es un buen cuerpo de 34 años, magro, funcional, relativamente sano y cuya resistencia, puesta a prueba de tanto en tanto, a veces me sorprende.

Esta conformidad, si no se le puede llamar aceptación, con la carne que me deparó la genética, no es algo que haya llegado fácilmente. Parte de mi familia es demasiado católica y aún recuerdo ese día incómodo, al comienzo de la pubertad, en que mi padre me sorprendió masturbándome. Recuerdo poco del sermón que siguió, pero sí, en definitiva, la enseñanza de que la masturbación “te quita la gracia de Dios”. Es una historia divertida para contar en una borrachera, pero no lo fue el año y medio, más o menos, que pasé combatiendo los impulsos de mi sexualidad adolescente, sintiéndome derrotado cada vez que cedía, la triste sensación de triunfo cuando conseguía disciplinarme y parar antes de llegar al orgasmo. Por fortuna, la diosa de la verdadera gracia obra por caminos frívolos. Hojeando con sana curiosidad las revistas “para mujeres” que alguien había dejado en casa (creo que fue Elle, pero podría haber sido Vanidades) llegué a un artículo sobre la masturbación femenina. Allí se hacía hincapié en que el cuerpo de una mujer puede sentir deseo y satisfacerlo por sí misma, puesto que se trata de algo saludable y natural. Razoné, con lógica urgente de púber, que si eso estaba bien para las lectoras de esas revistas (las señoras corteses, clasemedieras, bienintencionadas, que eran amigas de mi mamá) entonces, en definitiva, estaba bien para mí.

Debo agradecer a los editores de Elle, por tanto, un significativo vuelco en mi desarrollo, pero no puedo pasar por alto el papel que ese tipo de revistas, junto con tantos mecanismos ideológicos similares, han tenido en el diseño de un patrón de cuerpo para ambos sexos. No me detendré en lo que ello ha significado para la imagen y la sexualidad de tantas mujeres, porque no me corresponde y porque esa crítica la han hecho mejores plumas que la mía, desde Alfonsina Storni hasta Margaret Atwood. Lo que quiero apuntar es que el cuerpo de los hombres está sometido también a opresiones y que, en la medida en que escapa del molde de la virilidad hegemónica, patriarcal y heterosexual, se ve rechazado de una manera más sutil, pero no menos perniciosa, que el cuerpo femenino. Quisiera dejar bien clara mi postura: esto no es una competencia, no se trata de un refrito del argumento “pero los hombres también sufren”,  no puedo acabar de imaginar lo que debe ser para una mujer ser constantemente juzgada por su físico. Tampoco puedo abordar, por falta de argumentos y experiencia, la relación que un hombre con una orientación sexual distinta de la heterosexualidad, en el amplio espectro del género, establece con su cuerpo. Quiero hablar de la serie de imperativos que mutilan la relación que muchos hombres tenemos con nuestro cuerpo, el lastre que ello impone sobre la imagen que nos formamos de nosotros mismos y las consecuencias, con frecuencia bastante nocivas, que tal cosa tiene sobre nuestra conducta.

El cuerpo de un hombre (heterosexual) debe ser fuerte, impenetrable, capaz de cargar cosas pesadas (tengo un amigo que se agravó una hernia intentando demostrarlo). Debe ser, o haber sido, al menos, antes de la proverbial lastimadura de rodilla, bueno para algún deporte. Sus hombros deben ser anchos. El vientre, de preferencia marcado, no debe abultarse. También, por supuesto, debe resistir el alcohol. No sólo eso: debe aguantar la ingesta de gran cantidad de sustancias sin perder el dominio de sí. Un hombre debe ser alto: cualquiera que mida menos de 1.70 corre el riesgo de desarrollar complejo napoleónico. La voz ha de ser profunda. La quijada, cuadrada; caso contrario, una barba abundante es la mayor defensa y afirmación de la propia hombría. El bigotito a lo Cantinflas es motivo de burla. También tener tres o cuatro pelos en el pecho. En cuanto al tamaño del miembro, bueno, ya se sabe. Y si agregáramos a lo anterior las exigencias aparejadas con las cuestiones raciales, nacionales… sería el cuento de la masculinidad nunca acabada de emascular.

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Como resulta lógico, la gran mayoría de los hombres no podemos satisfacer semejante lista de requisitos. Vale la pena preguntarse cuántas guerras se originan, cuánta competencia idiota, a partir de la consciencia de la imperfección de nuestros cuerpos. En qué medida buscamos compensar lo que natura non dio supliéndolo con poder, dinero, verbo, gracia, o bien, “experiencia del mundo”, “saber hacer las cosas”, un motor potente y ruidoso, pura terquedad disfrazada de tenacidad: cómo chingados no.

Ahora, aun si nuestra masculinidad alcanza cierto grado de equilibrio entre lo que el cuerpo es y las muletas culturales que lo sostienen, también debemos lidiar con algo a lo que podría llamarse “culpa laica”: la vergüenza de que nuestro cuerpo no sea lo que la cultura occidental dominante dice que debe ser. Y más todavía: que el pene aparezca muchísimo menos en las series y en los filmes en comparación con los desnudos femeninos (o incluso que los culos de los actores de Hollywood) tácitamente apunta a que en el órgano masculino hay algo sucio, indeseable, que no se puede admitir. Como si, por el solo hecho de tener pene, ya hubiéramos nacido con una mancha original. Cuántos hombres, cuando se muestra un miembro en una pantalla, se ven impelidos a volver un poco la cabeza o a manifestar un cierto grado de cómica repugnancia, como si la misma cosa no les colgara entre las piernas o tuvieran que recalcar de ese modo que no son putos, que ver un pene no les produce el menor deseo. Qué paradoja: subrayar nuestra masculinidad expresando asco por la parte del cuerpo que más define esa misma masculinidad.

La culpa se acentúa con la edad: si no se es George Clooney, el cuerpo de un hombre de más de 50 años parece algo por fuerza repugnante. Sentir todavía deseo: un despropósito, un no resignarse a aceptar la decadencia inevitable, como si la sexualidad tuviera fecha de vencimiento. Y aquí juega un papel también la cuestión de la clase. En comparación con los torsos de los influencers de Instagram, la imagen que los Donald Trump, los gobernadores y empresarios y senior executives del mundo deben tener de su físico no puede ser muy halagadora. La forma en que encuentran aceptación para su cuerpo es la compra de favores sexuales o, como en el caso de Harvey Weinstein, el ejercicio brutal y descarado de su poder. ¿Es de sorprender, entonces, que tantos hombres como ellos se rehúsen a cuestionar o perder sus privilegios, con los costos sociales, morales, económicos, psicológicos que ello implica? Por el contrario, esa posibilidad queda lejos del alcance del cuerpo del obrero, del jodido que trabajó toda la vida y no pudo o no supo garantizar, para su madurez, el beneficio de esa aparente aceptación. Ojo: esto no es una justificación para tantas conductas que desembocan, como se ha puesto cada vez más de relieve, en la violencia contra la mujer. Pero antes de llegar, necesariamente,  a ese tema, quisiera dar todavía un paso intermedio.

Franz Fanon, al hablar de cultura y racismo, afirma que no es posible someter a los hombres a la servidumbre sin inferiorizarlos y que el racismo no es más que la explicación emocional, a veces intelectual, de esa inferiorización. En consecuencia, lo normal, en un sistema colonizador, no es la tolerancia, sino el racismo; el racista, no es la excepción, sino la regla. De manera análoga, en un sistema donde la sexualidad masculina se estimula con exceso, a la vez que se le imponen tantas restricciones sobre su propia sexualidad, lo normal es la producción en masa de acosadores. Sin una educación para abordar y aceptar el cuerpo femenino porque los hombres no abordamos ni aceptamos la naturalidad de nuestro propio cuerpo, los actos de los violadores, los eyaculadores del transporte público, los exhibicionistas de la calle, los machitrolls de redes sociales y los golpeadores de mujeres, se presentan como una necesidad de imponer, penetrar, afirmar la primacía de su cuerpo, obligar al mundo a concederles un lugar, siquiera la mirada o la repulsión del otro, aunque sea por la fuerza. Voy a insistir en que esto no es una justificación: por el contrario, es un lamento. El cuerpo masculino que ejerce la violencia pierde su capacidad creadora, renuncia a la diferencia que lo hace único en relación con las demás personas, diluye el poder de su piel, sus músculos, sus proporciones, en el rostro unificador de la destrucción; desperdicia, en síntesis, la fuerza que reside en su cuerpo para crear una identidad, una forma original de relacionarse con los otros cuerpos y con el mundo.

Dicho lo anterior, quisiera acercarme ahora a la cuestión de la violencia contra la mujer. Yo no soy quién para tirar línea ni creo que una sola persona o grupo, de ningún género o corriente de pensamiento, pueda aportar una solución única e indiscutible a lo que es un problema terriblemente arraigado y complejo. Lo que puedo decir es que, al menos en parte, dicha solución pasa por liberar al cuerpo de los hombres de los preceptos morales, ideológicos, capitalistas, que lo deforman. Crear una forma de la masculinidad menos nociva para todos implica aceptar que el cuerpo de un hombre puede ser vulnerable, permeable, sensible y limitado, que puede encontrar sosiego en la renuncia a penetrar, conquistar, someter. Este cambio de perspectiva no es responsabilidad de “las mujeres”, ni tampoco, en forma exclusiva, de “los hombres”.  De lo que se trata, en realidad, es de una suma de ideas, y así, las fuerzas capaces de influir en la resultante son las fuerzas capaces de crear un nuevo imaginario de lo real: el periodismo, el arte, el derecho, la educación, la psicología, el cine, los programas sociales.

A lo largo de este ensayo he procurado ser honesto.  Con el mismo espíritu, necesito decir que no escribí estas líneas para acusar a otros y lavarme de culpa: bien conozco las actitudes perjudiciales con que he lastimado a distintas mujeres a lo largo de mi vida y que han contribuido a forzar estereotipos sobre mis amigos y compañeros. A ellas y ellos, les pido disculpas. Pero a los hombres que están leyendo estas líneas, especialmente, quisiera decirles que nuestro cuerpo es viril sea cual sea su forma. No dejemos que patrones insertados en nuestra cabeza cuando éramos más vulnerables nos lleven a desperdiciarlo. Un esfuerzo individual puede transformar la inercia de lo social, pero lo más importante: el agradecimiento por lo que nuestro cuerpo es quizá conduzca a lo que puede ser: un acto de apertura.

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