Susana Vera

@Susarlt

 

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Nunca he creído en los monstruos. Cuando era pequeña nada me daba miedo además de que mi mamá se fuera y no regresara, pero todos los niños temen eso. Solía jugar por la noche en medio de las plantas y árboles que hay en la casa de mis papás. Inventaba historias y tenía muchos “amigos”, todos ellos producto de la imaginación fértil de la niñez, la cual no se limitaba al ser yo hija única y habitar un hogar que por esos tiempos me parecía enorme e interminable: recorrerla era una aventura cada día, siempre encontraba un rincón para explorar. Todos los días había diferentes pistas para unir y un nuevo misterio por resolver se daba lugar a cada momento.

            Como decía, nunca creí que los monstruos existieran, aunque debo admitir que gracias a una de mis niñeras El coco me asustaba algunas veces, sobre todo cuando comenzaba a caer la noche, a pesar de que en mi mente no tenía una imagen clara de cómo lucía; cuando a mitad de la noche dejaba la tibieza de mi cama para ir al baño y caminaba lento, tropezando con las pilas de libros que mi papá aún tiene sobre el piso de toda la casa, entre la penumbra solía sentir la mirada de alguien siguiendo mis torpes movimientos. Estaba segura de que El coco aparecería en cualquier momento y me llevaría con él, entonces jamás me atrevía a voltear la mirada, él estaba detrás de mí y si echaba un vistazo, por breve que éste fuera, le daría fuerza para lastimarme.

            Cuando fui más grande ya había aprendido de memoria el camino al baño y no era necesario que intentara ver entre la semioscuridad por donde iba. En cuanto salía de mi habitación cerraba los ojos muy fuerte y la memoria hacía el resto; al llegar al baño encendía la luz y podía abrir los ojos sin temor. Cuando iba de regreso el mismo ritual ocurría, pero sólo al llegar a mi cama y envolverme en la calidez de las cobijas me sentía a salvo.

            No recuerdo cómo pase de niña a la odiosa adolescente que fui hace unos años, mucho menos viene a mi memoria cómo fui cobrando conciencia y me volví la adulta que soy ahora. El tiempo avanzó rápido y con tristeza me doy cuenta de cómo dejé pasar muchas cosas sin valorar su significado y su peso en mi existencia.

            Hace unas semanas, mientras peinaba mi cabello, escuché un fuerte ruido dentro dl librero (un mueble con paredes y puertas de metal). De inicio pensé que había dejado mal acomodados los libros y que la gravedad había hecho su trabajo, así que no le tomé mucha importancia. Después, una noche, un golpe fuerte me hizo salir del sueño, sé que me quedé despierta un rato porque el vaso con agua que pongo junto a la cama antes de irme a dormir estaba vacío, debí beber toda el agua y no lo recuerdo porque mi conciencia estaba más cerca del mundo onírico que de la realidad.

            Ese mismo día, ya de mañana, encontré la puerta del librero abierta. Lo más probable es que la noche anterior olvidara cerrarlo con llave. Me sorprendió encontrar mi libro favorito fuera de su lugar, salido hasta la mitad de entre la perfecta fila de libros que lo acompañaba. Con emoción lo tomé y lo leí sin detenerme. Recordé que mis papás me lo regalaron cuando salí de 3° de primaria, lo envolvieron en un papel rojo que tenía por adornos unos corazones blancos. No olvido que abrí con cuidado el regalo, vigilando no romper la envoltura y más tarde la usé para forrar un cuaderno que terminó por convertirse en una especie de diario que al mismo tiempo contenía notas de ficción.

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            El libro era El Principito. Quizás sea infantil decir que es mi libro favorito, pero así es. Pasados algunos días, volví a escuchar un ruido dentro del librero, me acerqué y encontré otra vez el mismo libro fuera de su lugar. Esta vez lo leí en voz alta, como si le estuviera leyendo a la niña que solía jugar de noche en la casa de enormes dimensiones y árboles. Al terminar la lectura me di cuenta de que en algún punto la imaginación dejó de construir mundos en los que todo era posible y donde yo podía ser feliz. Fue en ese momento en el que supe que me había convertido en una adulta aburrida y rutinaria (¿acaso hay otra forma de ser adulto?).

            Después de esa noche, de nueva cuenta comencé a mirar el mundo con los ojos infantiles de siete años. La imaginación comenzó a trabajar y mis amigos imaginarios vinieron de visita a mi nueva casa. Es curioso: ellos siguen siendo niños y me dicen que mi cuerpo cambió, que mi voz es diferente, pero de alguna manera con ellos siento que el tiempo no ha pasado.

El último mes de mi vida ha sido el mejor de todos desde que era pequeña. Mis antiguos amigos se han encargado de regresarme la alegría. Hace dos semanas que no voy al trabajo y siento que poco a poco he dejado de ser adulta, he ido olvidando qué es la responsabilidad y lo cotidiano. Lo primero que transformé de mi casa fue el interior, compré muchos juguetes y la comida sana fue reemplazada por dulces, eso es lo que mis amigos me pidieron y como se han portado tan bien conmigo debo complacerlos. Cuando estoy con mis amigos no necesito nada, ni siquiera comer o dormir.

            Me pregunto si todo lo que tenía cuando era niña regresará a hora, no solo me refiero a mis amigos, sino también a mis temores. ¿Será posible que El coco venga de nuevo? No importa, estoy con mis amigos y nada me puede pasar a su lado, lo malo es que ahorita salieron a jugar y no me llevaron.

            Ojalá no me hubiera comido la última dona de chocolate, mis amigos se enojaron porque no la compartí y me dejaron sola en la casa, como castigo. Quisiera que ya regresaran porque hace unos minutos escuché de nuevo golpes dentro del librero. No creo que un libro se haya caído porque está vacío. Mis amigos al ver mis aburridos libros dijeron que debía tirarlos a la basura y quedarme sólo con uno. Así lo hice y sólo resguardé El Principito.

            Tengo miedo de levantarme del sillón, el ruido comienza a escucharse fuerte. Parece que alguien está dentro del librero y lucha por salir, incluso puedo ver, desde aquí, como comienza a doblarse el metal de las paredes del mueble. No sé qué es lo que está ahí, pero parece que está muy enojado, ojalá no pueda salir. Espero que mis amigos regresen pronto para que juntos podamos defendernos de aquello que intenta escapar del librero. Repito: nunca he creído en los monstruos pero, cuando era niña, El coco me daba miedo.

 

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