Alejandro Solano Villanueva

En la literatura, en el arte en general, en la crítica literaria y artística —me atrevo a decir que en la vida misma— hay una tendencia recurrente a delimitar las obras de acuerdo con un canon específico. Todos lo hemos hecho. Apelamos a lo “clásico” como mero modelo de comparación. Desde ese horizonte suelen hacerse juicios de valor no siempre favorables para la obra o para el autor. Los que nos dedicamos a esto, nos mentimos aludiendo la completa objetividad de nuestro juicio; nos justificamos con nuestros conocimientos supuestamente superiores en cuanto a teorías y modelos canónicos, parloteamos con un montón de conceptos grandilocuentes y ambiguos; para acabar la faena, recurrimos a lo “clásico” de tal modo que pruebe nuestro punto de vista. Así es como nos concebimos, como una especie de élite dentro de la cultura o de las letras o de las artes. Y la verdad es que muy pocos de nosotros sobrevivimos a la prueba del tiempo, que no es más que la trascendencia del pensamiento, es decir, terminamos sucumbiendo ante los juicios de una élite que está por encima de nosotros mismos. Al final, fingimos que siquiera estamos cerca de ella, pero en el fondo sabemos que no es así. Los más cínicos se rinden. Los demás acaban de becarios.

            Hace poco me invitaron a un bar en Xalapa a escuchar un tributo a Caifanes. No soy fan ni nunca lo he sido, pero sucumbí a la presión social. En la entrada del lugar hay una placa que dice, parafraseando, claro, “si a ti te gusta el reaggetón, la bachata, la banda… y todas esas mamadas, este lugar no es para ti. Aquí sólo se admite a auténticos roqueros, quienes conocen el auténtico valor de la música, bla, bla, bla.” Personalmente, desde antes de entrar, me sentí agredido, no porque sea un ferviente seguidor del reaggeton, sino porque me parecía que esa placa establecía un nivel de elitismo. En automático, todas las formas de música popular eran denostadas, así como sus seguidores, quienes, con la misma lógica, no conocen ni aprecian la verdadera música. Incluso adentro del lugar siempre me sentí incómodo: el mesero no nos quiso atender porque no teníamos reservación, los tragos eran caros y de poca calidad, había mantas insistiendo en el elitismo del rock. Una monserga. La banda tocó bien, hay que aceptarlo. Eso no le quitó lo mamón al lugar.

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Casi al final de la noche, un cover de Juan Gabriel le da al traste al elitismo. La gente canta a todo pulmón, celebran la composición popular. Lo cual puede tener dos lecturas: por un lado, la gente ahí presente cree que esa canción tiene mayor valor porque es una versión roquera; por el otro, puede que se trate de una reacción festiva no esperada por el elitismo, una reacción de la masa que se siente identificada con el cantante popular, con la composición en sí, independientemente de que sea rock o cualquier otro ritmo o género musical.

            En todas nuestras estructuras sociales hay élites. En la mayoría de las personas hay una tendencia a acercarse a ellas de algún modo. Lo observo con mis alumnos, por ejemplo, quienes compran su café en el Starbucks. Para ellos no es importante el producto en sí, sino el establishment, los puntos sociales que supuestamente ganan por comprar en esa y no en otra tienda de café —considerando que en Xalapa hay mucho mejores cafeterías—, es decir, con ese acto que parece minúsculo ellos logran acercarse un poco a la élite social a la que aspiran. Piénsese también en la política, por ejemplo; por más luchas sociales, por más movimientos ciudadanos, por más gritos y manifestaciones, hay un sistema que prohíbe que cierto tipo de personas accedan al sistema político, que puedan ser elegidas. Es triste cuando un movimiento social no es más que un intento por acercarse a la élite. Caso del movimiento “Yo soy 132”, del cual ya sabemos en qué acabó.

            Si algo he aprendido en estos años es que ni el mar es democrático, como alegaba Neruda —ahí están las playas privadas—; ni la muerte, como recita el dicho popular —hay de velorios a velorios, de nichos a nichos, de tumbas a tumbas—. Creo que lo único verdaderamente democrático, que no atiende élites ni riquezas son los piojos, sí, los piojos. Pregunte en cualquier escuela privada. Los piojos siempre están ahí para recordarnos que al final de cuentas sólo somos criaturas en el mundo.

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