Iván Partida

 

Hace pocos días vi I Am Michael, película del 2015 dirigida por Justin Kelly en la que James Franco interpreta a Michael Glatze, un comprometido  activista por los derechos de los homosexuales que, tras creerse atacado por un mal cardiaco hereditario, decide dejar atrás la vida gay y abraza las enseñanzas bíblicas y la vida cristiana. La anécdota está basada en un caso real recogido en el artículo “My Ex-Gay  Friend” de Benoit Denizet-Lewis.

Glatze, plantea la película, fue devorado por un vacío espiritual que la vida nocturna y su relación poliamorosa no pudo llenar. La muerte tocó a su puerta en forma de falsa enfermedad y los ataques de pánico que experimentó al sentirse cerca del abismo lo llevaron a buscar respuestas en uno de los libros más conocidos de occidente. Su conversión y el seguimiento casi fundamentalista de los preceptos bíblicos lo llevó a aborrecer su orientación sexual y a “no identificarse más como gay”. I Am Michael  no plantea la historia de un hombre que se volvió feliz por encontrar a Dios, tampoco un hombre que tomó un camino equivocado al zambullirse a la vida religiosa y luchar contra sus pulsiones sexuales, más bien retrata el sentimiento de desolación que experimentan las personas sensibles, con inquietudes diferentes a las de sus contemporáneos. La vida de activismo, bares y amor humano era incapaz de repeler el temor hacia la muerte, el eros era vencido por el tánatos.

La experiencia de Michael Glatze es como la conversión de Saulo en el camino de Damasco: una voz lo detuvo y le dio un giro total a su vida.  Antes respiraba pasión por el mundo gay, pero después de la voz de la muerte, el activista sólo podía expeler fervor por lo espiritual y odio hacia los homosexuales. Probablemente Glatze probó su nueva fe al rechazar el contacto masculino, al alejarse de la felicidad de una pareja gay tomada de la mano. El protagonista es contradictorio y humano porque no rechaza todo lo carnal: se enamora de su compañera de estudios bíblicos y va de la mano por los jardines del recinto, sin embargo no lo vemos en alguna intimidad satisfactoria con mujeres. No es un asceta, pero tampoco es un mujeriego. Acaso el  mayor logro de la cinta reside en mostrarlo como un hombre atormentado, pero decidido.

Esa historia pasó en los 90’, década en que la comunidad queer se sobrepuso al flagelo de la epidemia del VIH y no detuvo su empeño en conquistar visibilidad y aceptación social. La gesta por la inclusión llevó a la instauración del gran derecho que, ciertamente, coronaba la lucha que inició el 28 de junio de 1969 en el norteamericano bar Stonewall: el matrimonio igualitario (mal llamado matrimonio gay). Una vez que el debate sobre las uniones entre personas del mismo sexo tomó su punto más fuerte en Estados Unidos en el 2008, las organizaciones más conservadoras de las naciones latinoamericanas decidieron unir fuerzas para realizar campañas en su contra: sabían que tarde o temprano los estadounidenses fallarían en contener la aprobación de ese derecho y pronto el debate comenzaría en sus territorios.

Cuento todo esto porque la película de Kelly me hizo recordar que conocí un Saulo del siglo XXI, y creo que el contexto de luchas políticas y sociales que avivó a los conservadores tiene un papel importante. Saulo ―así lo llamaré― estaba en una página de citas popular entre los hombres antes de la aparición del Grindir. En esa época de principios del siglo XXI, recibí un mensaje proveniente del perfil de Saulo: terminamos en mi cama, no recuerdo cómo. Horas antes de caer sobre las sábanas, al verlo por primera vez, sentí un poco de temor porque no creí que tuviera más de 15 años. Saulo me mostró su credencial de elector para confirmar que lo que estábamos por hacer era legal. Durante varios años sostuve sesiones esporádicas con él, desde el 2007 al 2013 para ser exactos. De vez en cuando platicábamos por messenger, primero, y después por Facebook.  Hasta donde alcancé a ver, Saulo era un muchacho retraído que intentaba ser alegre pero siempre terminaba por caer en la melancolía; tenía mala suerte en el amor porque era delgado, enjuto, moreno, de cabello lacio, cara pequeña, nariz tosca y voz apagada. Los únicos hombres que lo tocaban eran los muchachitos de su barrio que le sacaban dinero a cambio de favores. Saulo tenía problemas en su casa por el divorcio de sus padres y el desprecio de su madre y su padrastro a causa de su notable amaneramiento. Jamás me contó sobre su vida escolar, pero creo que debió ser la misma historia. La ciencia dura y los postulados foucaultianos fueron un consuelo en el que se refugió largos años; incluso trató de predicárselos a sus padres: en algunas sobremesas leyó fragmentos de Historia de la sexualidad y de Vigilar y castigar para que entendieran, no para educarlos académicamente, sino para que lo entendieran. Aquello  fue prédica en el desierto.

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Bartolomé Esteban Murillo. La conversión de San Pablo. Museo del Prado.

Una vez lo vi de lejos, había tratado de ponerse guapo rizando sus cabellos y ajustando su ropa al cuerpo, lamentablemente el estilo no le favoreció. No sé si siguió alquilando novios, yo lo veía por mero placer al cuerpo, pero tampoco lo consideré alguien interesante, atractivo o excepcional, aunque en el fondo me agradara. La última vez que estuvimos abrazados durante unas horas en mi habitación, me comentó que estaba llevando un tratamiento antidepresivo y que le pidió a su médico alguna forma de castración química: no quería sentir más deseo sexual. Desconozco qué golpes fue recibiendo Saulo en el camino de Damasco de la vida, pero estoy seguro que algunos fueron tan duros que acabó por perder la confianza de Foucault y, sobre todo, en la comunidad a la que pertenecía. Imagino el cuadro: los gays lo despreciaban por no llenar los requerimientos mínimos de belleza, por no ser una perra que tronara los dedos al aire, por no tener dinero o habilidades verbales, por carecer del porte del macho, por tener acento de barrio y no tener pecho y abdomen montañosos. Su  familia lo despreciaba por ser el hijo débil y afeminado, la iglesia a la que iba los domingos lo condenaba cada tanto, sobre todo, imagino, cuando la amenaza de matrimonio igualitario iba acercándose como las nubes que presagian la tempestad. En medio de todo eso, del odio, la indiferencia y el dolor, Saulo fue llamado.

Sucedió lento, como la caída de la miel que se adhiere al frasco: la voz de la Iglesia católica lo llamó, lo sacó de la ruta de Damasco que lo precipitaba hacia el fin y le tendió los brazos. Saulo quizás dudó, pero al final abrió los suyos y se unió a ella. Ahora el pequeño Saulo no es más un niño: tiene un trabajo estable, su familia lo quiere, ha encontrado paz en la Institución eclesiástica, ha encontrado paz en los discursos de odio contra el matrimonio igualitario, contra la gente transexual, contra la marcha queer. El odio lo ha religado con lo más conservador de la Iglesia católica, odia con sus amigos, con sus guías espirituales, con sus compañeros en los retiros. Ama lo bello de la vida y odia lo diferente, odia y ama, se ha vuelto un cruzado de Cristo contra la herejía del siglo XXI, se ha vuelto mi enemigo. Aun así, me gusta ver vivo a Saulo, el odio lo ha salvado de su propia destrucción. En algún punto siento que también fue mi culpa, que fui parte de esa pared de carne humana con la que se topó. Por ese motivo, y por otros, no lo he abandonado. A veces platicamos, nos peleamos, nos miramos con desprecio y tristeza. Pero siempre nos miramos, como en un espejo; tal vez pensamos que el otro es una imagen de lo que pudimos ser si nuestra vida hubiera tomado en un camino distinto, si nuestro cuerpo y nuestra piel fuera diferente, si nuestras familias hubieran sido otras.

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