~Yasmín Rojas

 

“Pálida por la frente

Sobre los huesos fina

Triste en las sienes

Fuerte en las piernas

Blanda en las mejillas

Y vibrante

Caliente

Llena de fuegos

Viva

Con una vida ávida de traspasarse,

Tierna

Rendidamente íntima

Así era tu piel

Lo que tomé

Que diste”

-Idea Vilariño

 

 

Una ciudad al noroeste de Francia con edificios antiguos y algunos modernos, con  automóviles, tranvías, embarcaciones, personas, elefantes mecánicos e historias, cientos de historias, de sueños, alegrías y tristezas.

Ella lo visitó en su embarcación. La de madera en forma de Tipi. Justo frente a la parada “Motte Rouge”. Le dijo que quería conocer su barca. Era una excusa. Sabía lo que pasaría, mas no advertía que sería tan pronto. Tampoco se resistió.

Toca. Él le abre. Cruzan el puente para entrar a la sala. Está tan nerviosa que no le pone atención a la barca, sino a la hermosura de él: sus labios, sus ojos verdes, su frente, su piel. Se quita el bolso. Comienza a hablar de todo y de nada para ocultar los nervios. Él la besa. La toca. Sorprendida, ella se deja llevar. Besa su cuello, es pálido, tiene espinillas. A sus veinticinco años, aún tiene las marcas de la adolescencia. Lo toma entre sus brazos. Algo se apodera de ella, un ardor recorre todo su cuerpo hasta llegar a  sus manos. Ahora es ella quien precisa las reglas.

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“Goza, Gerard . Sufre también”. No soporta las cosquillas. Le pide que no lo haga pero ella no se detiene. Continúa sobre su camisa, en los pezones. No las aguanta. Se vuelve a quejar. “Todo menos cosquillas”, implora. Él no sabe de la inquietud que recorre el cuerpo de ella cuando contempla su inocencia. (Esta noche voy a convertirte en hombre, aquí frente al puente, sobre el río.) No es virgen, lo sabe. Pero las europeas que han estado con él desconocen los senderos de su cuerpo.

“¿Por qué tanta aprehensión?”

“¡Putain! tengo mucho que leer para mi clase esta tarde, guapa”

“Uffff, ya deja de pensar en las obligaciones”.

Tiembla. Está perdido, desorientado. Preocupado. Quizá asombrado porque ella lo llama. Tiembla ante la mirada de la mujer. Cierra los ojos, se deja guiar por ella. No se niega al perfume de su cuerpo. La toma.

La llama. Acude. Esquiva su mirada. Su cabellera descansa su desasosiego entre las torneadas piernas de ella. Esos rayos de sol cuando los dedos de ella transitan hacia su frente, sus pestañas, su pecho inquieto, joven, firme ante su aliento y sus besos. Cierran la luz de sus miradas. Se abandonan al estremecimiento de los cuerpos.

Sierpes tenues, los dedos de él se amoldan al tobogán del cuello femenino, transpiran. No se mueven, pero en el umbral de su vientre el Erdre deslumbra colores.

“Debo contenerme”. Lleva su cuerpo hacia el centro, hacia el recuerdo de haber nacido mujer y él, hombre. La embarcación es movimiento. El ombligo, punto para el encuentro. Ya, sorprendido más no tímido, se abandona a las decisiones de ella. Inhala. Exhala. Su cabellera busca a dios en las pupilas de la amada, desciende a dios en las profundidades. Ya está al alcance de sus dedos. Su desnudez requiere paciencia.

Su cadena. Debe quitarle la cadena con delicadeza. Es un tesoro de la India. Se la quita. Después, uno a uno, los botones de su camisa negra ceden ante el giro envolvente de sus dedos. Le sorprende la fragilidad de su piel. No hay defensa en él. Nada lo protege. Es transparente. Es sólo poros. No hay dique para este amor. Está rendido, limpio, quebradizo.

Son ya desnudez. Hombre y mujer. Muerde sus pequeñísimos pezones. Cuenta, una a una, las fronteras hacia su interior. No hay temor. Unión. Están, sin darse cuenta, por encima de los estremecimientos. Apoya su espalda sobre la cama; es gozo en descenso hacia sus labios. Las manos sujetadas a sus hombros. Cómo mira a una mujer ofreciéndole sus dos frutos; cómo acuna su boca cada una de las sorpresas nunca imaginadas, venidas desde el trópico. “Las europeas no tienen pechos”, dice. Toma sus manos, las pone sobre sus pechos, luego recorren su cintura.

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Por fin, están unidos, sus manos tiemblan y se hunden en la curva generosa de las nalgas. Bebe, después, el aire caliente de su boca. Marfil a marfil, el deseo canta. Sus senos lo invaden y la luz de sus ojos verdes estalla en maravillas. En las vegas del Erdre. “Por fin estás contigo y en mí”. Y la premura, el ansia de fragmentarse  les amenaza. Se desboca, brinca. Aspira a romperse en agua. Y ella lo detiene.

Su cintura, la de él. Son el centro del calor. “¡Bésame! ¡Merde! Penétrame. Entra en mí. Sal. Sudemos para que salga el sol del Erdre. El sol que aún no he visto en este lado del mundo pero dices, existe. Toma de mí el valor para convertirte en hombre. Tómame y conviérteme en mujer. Anda. Mírame encima de ti.” Cabalga segura, paciente, plena de ternura. Buscan el centro de su origen; la fortaleza, buscan.

“Je t’aime”.

Callan. Abren su piel, el sonido de los poros, la suavidad de la erección: las luminosas lajas del orgasmo silencioso se dan.

“Moi aussi, je t’aime”.

Olvidaron cerrar la ventana de la embarcación. Mientras sus risas navegan las aguas agitadas del Erdre, la ventana dona su frío viento. Nantes es lluvia y frío esta noche. Mas no para ellos. En su gozo, sólo el río y su música, el colorido diverso de los peces, los patos y las mariposas, las pequeñas olas arribando a los márgenes. Porque este río también se mide por olas, por soles y por alas.

“Anda, Gerard, descansa.” Se abandonan al azoro de descubrirse atados a su desnudez. Acurrucan sus sorpresas; duermen felices.

“Dios, por qué el frío.” El frío deposita su amanecer entre las aguas del río. Saben que todo terminará pronto. Lo hablaron desde el primer día, pero decidieron continuar y se volvió caricia el gris del cielo, y fuego el frío. La ventana, claro. Abierta. Aunque no se daban cuenta. El silencio está siempre presente. No saben si es mañana o tarde pero sonríen. El fresco dulce de ese viento les devuelve su calor.

“Gerard, Gerard”

Atado a su nombre, el roce de sus labios. Su brazo es firmeza sobre su vientre, sobre su diminuta cintura aún húmeda. Despierta completamente. El frío ingresa a la embarcación, a las cobijas. El rumor de sus besos se instala poco a poco, levemente, en lo frágil de su cuerpo. Ascienden sus labios por la cordillera de su cuello. Le instalan brisa. Cada línea de sus dedos conversa con su cabellera. Son fortaleza y ternura ahora. Les nacen colores. ¡putain! Nace la música. Pececitos en torno del vientre.

“Sigue, sigue. Más abajo. Hacia el origen. Nos encontraremos también”.

Dagas amorosas abren surcos. Corre el agua. Deposita el amanecer su sonrisa. Los labios se abren. Se besan. Y es ausencia el cuerpo, sonido la mujer, grito la pareja. ¿Dónde el vientre? El Erdre “¿dónde me has guardado el alma? ¿Cuándo se alejó el frío y se alojó el calor en mi interior?” Contenta la entrepierna. Feliz el beso de la mujer. Viva el alma del hombre. El surco estalla luminosidades. Ya no dagas de frío. Ella voltea hacia la ventana, ve el verde puente, las aguas inquietas y se acuerda de su tierra.

El Erdre, todo el mundo debe bañarse en las aguas del Erdre.

 

 

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