Diego Lima
Fundación para las Letras Mexicanas

Manuel Acuña (1849-1873) es el rostro más conocido en nuestra galería de escritores románticos. La segunda mitad del siglo XIX, imprescindible para entender el devenir del México moderno, fue la cuna del poeta coahuilense. En este siglo vivió de manera apresurada, todo el tiempo en circunstancias adversas, dejando tras de sí una obra poética perfectible aunque colmada de palmas, triunfos, laureles, tal como expresó Justo Sierra. Y pese a que sabemos que la vida de un poeta son sus poemas, en el caso de Acuña esta certeza parece invertirse siempre en peligroso retruécano. Tras el suicidio la tarde del 6 de diciembre de 1873, la obra en su conjunto se antoja tan vicaria al momento de pasar revista de su nombre por nuestros manuales e historias de la literatura, que cabe preguntarnos si la admiración ciega no es —como escribió Villaurrutia a propósito de Ramón López Velarde— sino otra forma de la injusticia. Yo mismo he intentado leer la poesía de Acuña en diversas ocasiones [*], invocando inevitablemente al fantasma del escritor no porque la obra no baste, sino porque en éste la literatura se ha urdido con la vida en un binomio tan intrincado e indisociable, que tal vez aquello que llamamos vida tampoco encuentre su existencia plena sin obra que la denuncie.

Sabemos que las ideas materialistas que Manuel Acuña heredó de Ignacio Ramírez, principalmente, así como de los textos doctrinarios o científicos que frecuentaba tanto en la Escuela Nacional de Medicina como en las logias masónicas, condujeron esta obra poética hacia un violento escepticismo de carácter puramente sentimental, aunque no por ello carente de profundas meditaciones. Encontrar una explicación materialista del mundo y del destino del hombre, es la condición latente en los artículos periodísticos publicados por Acuña en El Libre Pensador (firmados no con su nombre sino bajo el pseudónimo de «Leunam»), especie de teoría de una praxis que en el interregno de la poesía lo hizo preguntarse unas veces —parafraseando a José Luis Martínez— “si en el sepulcro concluía la vida del hombre”, o si allí, en la tumba, surgía para el escritor enamorado otra forma de la eternidad: la de la fama. Ningún poema ha sido tan citado ni parasitado en este sentido como el “Nocturno”, dedicado a Rosario de la Peña. En esta composición escrita en 1873, el triple impulso del erotismo, el recuerdo de la casa de infancia, así como la obsesión cada vez más acentuada de la muerte se descubren como eje macabro sobre el que giraba esta atormentada cosmovisión.

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Hacia 1920, cincuenta años después de su muerte y a propósito del traslado de los restos del poeta a la ciudad de Saltillo, Coahuila, la República de las Letras vivió una especie de resurgimiento por el tema de Manuel Acuña que vino acompañado de la publicación del libro de José López Portillo y Rojas, Rosario la de Acuña, donde se evoca de nueva cuenta su romántica biografía para dar exposición de la génesis del “Nocturno”. El libro de López Portillo no aporta elementos para el estudio de la poesía de Manuel Acuña (se mueve en la peligrosa dimensión de la anécdota, de lo improbable, del recuerdo); importa, sin embargo, como referencia de un ambiente de época en que el mencionado poema se había convertido en el más citado y parasitado de México. Ya desde 1882, los versos se prestaban para el chiste o la broma de ingenio fácil. De este modo lo demuestra una publicidad que en La Patria hace de “A Rosario” su línea argumental:

Pues bien: yo necesito
decirte que te quiero
decirte que te adoro
con todo el corazón;
que es tanto lo que sufro,
que es tanto lo que lloro.

Que sólo un frasco de Aceite de San Jacobo,
podrá aliviarme la reuma y mitigar mi aflicción.

Poco relevante desde el punto de vista de los estudios literarios, aunque curioso, tal vez único en su tipo para comprender el grado de fama que alcanzó la obra y figura de Manuel Acuña durante el siglo XX, es Lauros de la noche. Por el pie de imprenta tenemos noticia de que el libro fue editado en el Centro Espírita “Manuel Acuña” en 1931, y es obra del médium Ismael Gómez, quien transcribió las composiciones que “el alma del poeta” dictó desde “ultratumba”. Producto de estas sesiones, de las que desconocemos el método empleado, son los “Sueños místicos”: colección de trece poemas completamente desconocidos del coahuilense —además de una versión apócrifa del “Nocturno” —, y dos prosas, una intitulada “La voz de los muertos”.

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Son muchas las variaciones jocoserias que circularon en la época de manera oral, cuando no pocas las que, de buscarse con paciencia de alquimista, pueden hallarse en los periódicos nacionales. Fue así como me encontré de pronto y sin previo aviso con esta parodia firmada por J. M. Madrigal en El Diario del Hogar, que más tarde se reproduce en El Contemporáneo —no en Contemporáneos, las erratas no se equivocan—, el bisemanal independiente editado en San Luis Potosí a principios del siglo pasado. Supongo que la publicación del poema es caprichosa e intermitente aunque sólo tengo consignadas estas dos versiones. Para fines estrictamente de divertimento filológico he realizado la transcripción del mismo, así como la actualización ortotipográfica, salvo en los casos, claro, en que el juego de la parodia consiste en la acentuación errónea en sexta (la nostalgía del verso 12, por ejemplo). Emulando a Antonio «Toñito» Castro Leal he decidido enmendar la composición, agrupando este romance por estancias o estrofas de diez versos, a la manera del “Nocturno”.

 

Nocturno…[**]

Parodia de Acuña

[I]

Pues bien… yo necesito

quitarme de soltero,

mandar a nora mala

mi eterno envejecer.

Mi vida, así no es vida,

¡Caramba! yo me muero

Si no hallo a la muchacha

de rostro placentero,

que pronto se resuelva

a hacerse mi mujer…!

[II]

Yo quiero que se acaben

mis negras nostalgías

mis fúnebres insomnios

mi tétrico sufrir.

Estoy que ya no como

desde hace muchos días,

pensando que se alejan

las dulces alegrías

que mis primeras novias

hiciéronme sentir.

[III]

De noche, cuando pongo

mis sienes en la almohada

y miro que se extinguen

las luces del hotel,

cavilo mucho, mucho

y al fin con voz airada,

me dice la conciencia:

«no sirves para nada,

en vez de sangre tienes

horchata o aguamiel».

[IV]

Mas no, yo siento el alma

henchida de amargura

por mis arterias corren

las lavas de un volcán.

En mis ensueños gratos

de amor y de ternura,

paréceme que escucho

la voz del señor cura

leyendo la cartilla

con su piadoso afán.

[V]

Paréceme que miro

la nave del santuario,

las velas encendidas,

y junto al altar

el rojo monaguillo

moviendo el incensario

mientras que el campanero

desde su campanario

contempla allá a lo lejos

las puertas de mi hogar.

[VI]

Por eso, ¡oh, lindas pollas!

¡Deidades de mi tierra!

Yo imploro, arrepentido

piadosa compasión.

Ya el santo matrimonio

lo juro no me aterra,

ante una de vosotras

yo iré como a la guerra

llevando por bagajes

mi ardiente corazón.

[**] “Nocturno”, en El Diario del Hogar, Año XXIII, número 190 (domingo 24 de abril de 1904): p. 2. Más tarde, el mismo se reproduce en El Contemporáneo, tomo IX, número 1745 (jueves 9 de junio de 1904): p. 2.

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