Alejandro Solano Villanueva

I. Nana Tele

 

No lo voy a negar, fui un niño criado por la televisión. Sería deshonesto presumir que leí mi primer libro a los cinco años, a esa edad estaba más preocupado por lo que le pudiera pasar a Don Gato que por las aventuras de Tom Sawyer. Como en muchos hogares clasemedieros, la televisión era el único sistema de entretenimiento, de distracción, punto de fuga para la apretada vida laboral y nana de los latosos infantes que se pasaban las tardes enteras buscando la manera de hacerle la vida más complicada a sus padres. Mi madre recuerda con especial cariño las tardes en que ella y yo nos colocábamos frente al televisor: ella veía su telenovela para después darle paso a los Thundercats, era un momento especial que compartíamos. En este sentido, sería más honesto llegar a la conclusión de que concebí mis primeros razonamientos literarios y mis primeras nociones de estructura narrativa solamente a partir de los programas televisivos que veía.

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No tuve la oportunidad de entrar al mágico mundo de la televisión de paga, me limitaba a ver lo que pasaban en la tele abierta, ya saben, las caricaturas de la época, las series gringas ochenteras, los noticieros, el futbol, las coberturas de las olimpiadas o los mundiales, las telenovelas y más noticieros: por la mañana, a la hora de la comida y en la noche. Mi padre veía los tres y nosotros con él, al no haber más aparatos transmisores en la casa. La rutina era ver el noticiero de Lolita Ayala mientras comíamos —aunque pocos años después mi padre, mi familia siguiendo su ejemplo, renunció a todo lo que tenía que ver con Televisa—, comentar alguna noticia y la explicación de mi padre sobre algún concepto que yo no entendiera, sobre todo los relacionados con economía: ¿qué es la inflación, cómo que llegó la devaluación más terrible en la historia, por qué Salinas es un culero?

A pesar de ello, mi padre siempre intentaba alejarnos del aparato “apendejador”, buscaba que hiciéramos otras cosas, que nos concentráramos en el juego, en el arte o en los libros. Así llegué a mi primer libro de poesía, a los álbumes de estampas, a la preparación religiosa, a los equipos vespertinos de basquetbol, al cine, al teatro, al circo, a las luchas de los jueves en la Arena Toluca y a la Alameda los domingos. Al regresar a casa, siempre se volvía a encender el aparato, como si fuera un saludo para el miembro de la familia que se encontraba ausente, como si se extrañara, en lo más profundo, la presencia del televisor en nuestras vidas, en nuestra libertad.

II. Dime qué ves y te diré quién eres

 

Estoy a punto de cumplir 56 días de incapacidad. Los primeros fueron terribles; no podía valerme por mí mismo. Extrañaba mi trabajo, salir a la calle, estar con mis alumnos, el ritmo de la vida y el estrés cotidiano; me sentía atrapado en el pequeño departamento, extensión de la cama de hospital; llegué, incluso, a sentirme muy triste, rayé en la depresión. Naomi, a pesar de su infinita bondad, no se daba abasto con mis cuidados y sus actividades cotidianas. Fue cuando recibimos la ayuda de mi madre, vino a Xalapa a atenderme, por lo menos hasta que pudiera valerme por mí mismo sin el riesgo de que me desangrara o volviera la infección. Con mi madre en casa, tuve que adaptarme a sus modos e intentar hacerle la vida lo más sencillo posible. Así que volvieron, casi sin querer, los viejos hábitos de infancia y la televisión se volvió un protagonista constante en el devenir de la convalecencia.

Con mi madre, veíamos la televisión casi toda la mañana: Venga la alegría, películas de la era del Cine de Oro, el noticiero matutino y el de media tarde (aún no puedo tener televisión de paga), incluso comenzamos a seguir una telenovela de producción gringa para el público hispano: El cuerpo del deseo. La historia era interesante, aunque predecible. No obstante, esto fue de suma importancia para animar el alma apesadumbrada por el dolor físico y el encierro. Incluso, a veces, ella se sentaba conmigo a ver las series que dejé pendientes en Netflix, como Flash, por ejemplo.

Al sentirme mejor, me comencé a quedar solo en casa, a intentar tomar mi ritmo. También cambió la forma en que veía la televisión. Los programas de tele abierta ya no me parecían tan atractivos, las películas en blanco y negro ya no llamaban del todo mi atención. Me volqué casi completamente a Netflix, la caja de pandora posmoderna. Terminé de ver varios programas que dejé pendientes, como Between, una serie dirigida a un público adolescente que comencé a ver con mis alumnos en un taller, la cual es una exótica combinación entre los argumentos y los motivos de El domo de Stephen King y El señor de la moscas de William Golding. Sin duda se trata de una historia interesante y entretenida que conserva la estructura de la serie de misterios y busca poner en entredicho tanto la capacidad humana para organizar una sociedad sin que ésta se derrumbe a pedazos como los motivos bioéticos que tiene un gobierno para decidir el exterminio en masa.

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Deambulé por el universo Netflix, pasé por Love, una hipsterísima Chick-flick con la que no pude conectar; comencé, con Naomi, Girlboss, dirigida a un público emprendedor, joven e increíblemente superficial… Tampoco conecté. Veo las series comerciales que me llaman, como Gotham, The Black Mirror, Cooked o Modern Family, y las que le interesan a Naomi, como Pretty Little Liars o Easy. Nunca he visto Game of Thrones, por ejemplo, ni me mueve la curiosidad. Aunque siempre ando en busca de cosas que ver para pasar el rato, ejercicio de fuga, y, si se puede, que permita reflexionar otros asuntos.

En esta búsqueda fue como llegué a Las chichas del cable. Una serie que conjunta historia con reflexión y discusión sobre temas contemporáneos, enmarcada en un contexto histórico específico: los años veinte, el lapso entre las dos grandes guerras, la novedad y la estridencia de las maquinas, el comienzo de la liberación femenina y la constante amenaza de un golpe de estado militar en España. Las telefonistas se enfrentan a un mundo donde lo masculino gobierna política y moralmente con mano dura y en completa impunidad. Estas mujeres tienen que luchar contra las vejaciones de un sistema que no les permite ser libres ni en lo personal ni en la defensa de sus derechos. Los temas que se discuten aún permean en nuestra sociedad, como el maltrato físico y psicológico que sufren algunas mujeres en el matrimonio, la libertad sexual, el aborto, el derecho a una profesión en igualdad de condiciones con los hombres, incluso se plantean temas históricos como la lucha por el sufragio de las mujeres y la búsqueda de un código penal que proporcionara algún tipo de defensa contra los abusos, en todos los sentidos, de la sociedad machista de la época.

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Esta serie, sin duda, fue una de mis favoritas: es corta, está bien contada, incluso a veces es hasta un poco melodramática, a la usanza de la telenovela, pero no deja de lograr puntos de dramatismo, desde el punto de vista teatral, bastante intensos y hasta catárticos. Las situaciones son concisas y claras, lo que es resultado de un guion inteligente y bien informado.

La televisión, al igual que el cine, es entretenimiento y arte a la par, una cosa no necesariamente está peleada con la otra. Hay mucha televisión de mero entretenimiento, algunos programas, incluso, son terriblemente bajos, hasta vulgares (en la acepción negativa de la palabra); la industria no permite luchar contra eso. La televisión cumple con un papel fundamental en el hogar, permite que el obrero se aísle de sus problemas cotidianos, que el adolescente forme una visión sobre el mundo que los circunda, que el ama de casa sueñe más allá del infame estrés del hogar. Yo mismo busco escaparme de mis angustias con el aparato receptor. Supongo que es normal. Sólo espero que esta era no sea un prólogo de la historia de Fahrenheit 451. No me atrevo a juzgar a mi madre o a mi bella esposa por sus gustos televisivos, prefiero entenderlas a través de lo que la pantalla proporciona. Dime qué ves y te diré quién eres.

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