2017

Rupert Sanders

por Brianda Pineda Melgarejo

 

The Major: They created me. But they can not control me.

 

Asomamos a la filmografía de cierto director o directora o a la obra completa de algún autor o escritora que nos intriga con ánimos de descubrir el hilo negro, la esencia que da un sentido a su trayectoria. Y si acaso atisbamos las repeticiones propias de la pasión, el mecanismo visual del perfeccionamiento técnico, es innegable que lo que más seguirá sorprendiéndonos es el milagro de lo irrepetible.

En esto último se apoya La vigilante del futuro (Ghost in the Shell, 2017) dirigida por el apenas aprendiz Ruper Sanders que en su haber cuenta tan sólo con la ópera prima, enigmática en oscuridad y sospechosa en verosimilitud, Blancanieves y el cazador (2011).

El film, tan publicitado en los últimos meses, nos entrega una visión sci-fi de la realidad basada en el manga de Masamune Shirow. Nos atormenta en vértigo al mostrar ciudades iluminadas por una inteligencia fantasmagórica, virtual; y al hacer posible a través de su historia una ambición humana: la del ser (entendido en su condición inmaterial de ánima) que se posa, como un camaleón etéreo sobre los cuerpos de las máquinas y sobrevive al vacío metálico de su caparazón hipertecnológico: La empresa Hanka Robotic pretende mediante el proyecto 2571 crear ciborgs que se distingan de los simples mortales y de los robots más sofisticados en poseer lo mejor de ambos mundos: la materialización corporal del progreso y un ghost o lo que aquí trivializado conocemos como alma; para ello el gobierno captura y mata, extrayendo únicamente el ghost, a jóvenes radicales y revolucionarios que dedican su tiempo a ir en contra de lo que impone a las colmenas interminables de habitantes el sistema, sólo así pueden unirlos a las filas de sus ejércitos. De la fusión y experimento nace La Major (Scarlett Johansson) quien al hacer uso de la justicia y moral evocada por su ghost meterá en problemas a quienes desean llevar a cabo terribles planes a través de ella.

Si bien hemos reflexionado sobre las proezas de lo sobrenatural y lo tecnológico al lado de Scarlett Johansson en Under the skin (Jonathan Glazer, 2013), Her (Spike Jonze, 2013) y Lucy (Luc Besson, 2014) el tema de lo inmanipulable del alma humana es nuevo en cuanto a elevación en esta cinta. El carácter heroico de La Major le impedirá adaptarse a una sociedad que ama el progreso a velocidades desquiciantes y atiende sólo a intereses de una monstruosidad industrial peligrosa que devendrá para ella en una catarsis de consciencia. La premisa del film es la importancia de la supervivencia espiritual y moral inherente al ser humano. El ambiente es no por más insólito menos desolador.

La metamorfosis, tópico literario de la antigüedad, se centra en esta ocasión en las máquinas y no como es costumbre en animales. Los cuerpos están extinguiéndose, la supervivencia es asunto de máquinas y hologramas. No hay árboles en este escenario futurista de Tokio. La única aparición de un gran árbol, por demás simbólica, ocurre en medio de la batalla final.

Los seres humanos están alienados, marginalizados por su condición. Sin embargo, el mundo continúa regido aún por la fortaleza y la vileza, en su faz antagónica, del ser. La película recrea la historia singular, irrepetible aún en sus fisuras, del manga. La atmósfera musical a la que se entrega, la astucia sin más pretensión que divertir y dinamizar que la coloca entre los largometrajes valiosos de acción y la virtud de mostrar a sucesiones acertadas el tema del sacrificio (visible en la relación entre la Doctora Ouelet [una magnífica Juliette Binoche] y su creación, La Major [Scarlett Johansson].) la convierten en una obra que consigue ir más allá de los lugares comunes en que bien pudo caer.

Ghost in the Shell es una cinta inclinada al misterio, a veces un misterio infundado por contar en su guion con varios diálogos incomprensibles que terminan por no obedecer a una lógica o verosimilitud pero que bien terminan por olvidarse en la sorpresa de una acrobacia visual más del repertorio; es una obra que perturba en su potencial de presagio; es, en la cartelera comercial del último mes, una de las contemplaciones más curiosas.

Si bien el cine es tan sólo un umbral que sirve a cada persona para entrar a los laberintos propios del autoconocimiento, no habríamos de echar en saco roto una de las reflexiones que sobre la identidad se dan en esta película; la Dr. Ouelet siente el rechazo y el odio de La Major cuando ésta descubre que alguien ha robado su pasado para implantar una memoria falsa en su sistema robótico y, ante la evidencia del sabotaje y el sentimiento de desorientación que experimenta su creación, no puede sino decirle una frase definitiva: “Nos aferramos a los recuerdos como si ellos nos definieran, pero no es así. Lo que hacemos es lo que nos define”.

 

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