Querida imaginación, lo que sobretodo me gusta de ti es que no perdonas.
Andre Bréton

Dos discos de Iron Maiden están asociados a mi vida. The Number of the Beast fue el primer álbum que tuve en mis manos. Teníamos el LP en casa, junto al de Carlos Santana, Gloria Trevi, Michael Jackson, porque mamá trabajó en una tienda de discos por ahí de 1985. En la portada el Eddie se mostraba de cuerpo completo, ligeramente inclinado hacia el lado derecho de quien mira; una cabeza que alguna vez fue humana salía por debajo de la cabellera donde dos sinuosas llamaradas ardían en lugar de ojos; esas cuencas nunca tuvieron vida como los botones en el rostro de las muñecas; eran, en cambio, reflejo del fuego que portaba Eddie en una mano como sirio contrito a mitad de la noche. En primer plano sobresalían las falanges e imaginaba de pronto a quien miraba quedarse absorto, pensando en el crecimiento de las uñas: cómo prolongaban la existencia, cómo se aferraban a una vida que pervivía sólo a través de su muerte.

Recuerdo también las medusas dedos de membranas capilares.

Eran cuerdas.

Bajo el Eddie se situaba un hombre desnudo color escarlata con las dotes del Diablo. Por su postura, sabía que emulaba la posición del gigante pero también de los astros; en vez de fuego la diestra portaba el tridente mientras que la otra cubría apenas las partes que llamamos pudendas. No podía saber a mis 14 años, Señor Todopoderoso, qué es lo que sucedía finalmente en el suelo: el pelo ensortijado era una señal que, pese a su miniatura, engañaba, distraía (cuando menos) del aquelarre. En ese submundo, doble marioneta del Diablo y de sí mismo otro pequeño Eddie practicaba una danza que sugería oscuras contaminaciones; los arcángeles atormentaban a criminales hasta la hora en que otros, los menos, se elevarían más allá del Gólgota con la puesta del sol.

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Yo no quería ser escritor. Nací en Córdoba, Veracruz, donde se nace para cuidar la siembra o ejecutar la jarana. Es por eso que en mi adolescencia decidí entregar mi vida a la música. Fue con una banda de rock que tuve mi primer empleo: con ellos haría la revolución, quemaría tras de mí todos los libros, tendría mi primera noche en blanco; con la paciencia de Jim Morrison grabaría un disco que fuera no la explicación sino la interpretación órfica de la tierra; sería un demo arquitectural, premeditado, con ocho, nueve canciones; perdería la batalla joven en un escenario, pisando el tono más agudo de la escala de mi Dean Dimbag ML, tal como le sucede a Steve Vai en el duelo de Crossroads, frente a Ralph Macchio, famoso por interpretar su otro único papel en el Karate Kid.

Esto no sucedió así.

Fue entonces cuando comencé a coleccionar los discos de Iron Maiden. Pero al Córdoba de finales de los noventa no llegaban las versiones originales de emi records; si lo hacían, nunca visité estos lugares o simplemente no habría tenido dinero para comprarlos. La bancarrota de papá nos impedía gastar en discos, ropa de marca e incluso en salidas al cine. En cien palabras como «madre», «moribundo» o «milagro» él me enseñó a trabajar la tierra, a escuchar las palabras del rebaño, a ser corifeo en todos los pueblos. Pero no me reconocí en el llamado —me reconozco ahora—; los hados erraron la predicción de nuestro sino, olvidando el secreto para siempre siempre siempre.

(Ésta no es una canción de Johnny Cash, aunque se le parezca).

(Éste no es un Vallejo, aunque hay golpes en la vida tan fuertes… «¡Yo no sé!»).

Para no escuchar comencé a incrementar en secreto las versiones piratas de mi particular fonoteca. Hacia principios del 2003 conocía bien el sonido ronco, limpio de Black Sabbath y Led Zepellin, el panteísmo de Deep Purple, la metafísica de Helloween, la furia del tridente Testament-Megadeth-Metallica, el inmoralismo vital de Slayer, el infierno reinventado de Pantera. Nunca me gustó Nirvana ni entendí el diálogo de Jethro Tull con la música irlandesa; y en cuanto a Pink Floyd, confieso que fue un descubrimiento tardío. De Maiden tuve todos sus discos hasta el Brave New World, lanzado en mayo del 2000, marcado por el regreso del guitarrista Adrian Smith y Bruce Dickinson a las letras. El heavy metal fue mi mejor instrumento, pero jamás lo utilicé para penetrar en lo real ni construir un ideal, sino para fugarme de lo cotidiano. Tras su aparente irresponsabilidad había una gran conciencia de su propio papel; detrás de la alegría irrespetuosa había disciplina, rigor; más allá de su huida intrascendente, una real preocupación por limitar fronteras.

Podríamos titular a este ensayo “El triunfo de la mentira”. Mas no era la mentira en sí la que me interesaba tratar aquí sino las circunstancias que rodean su redacción.  Tenía 21 cuando me percaté de contaba con un disco apócrifo de Maiden. No lo conté a nadie, por supuesto, lo confieso ahora. Durante muchas y muy prolongadas noches de insomnio adolescente, Powerslave me había vuelto arrancado el mundo hasta entonces conocido y aceptado y creído como propio, para revelarme en su lugar el amor incodificable del silencio como metáfora de la creación más pura: una «espiral aspirada de inanidad sonora…». Sin duda era éste uno de los álbumes más importantes de la banda británica: en la portada el Eddie faraónico vigila de manera perene el horizonte, como la esfinge que advierte al divino Edipo: «!Adivina o te devoro!».

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Soy el imbécil que ha pasado toda su vida rindiendo pleitesía a un disco de Maiden que no existe.

En verdad salido de uno de sus enigmas parece el hecho de que no me hubiese percatado de que la factura era lo único que coincidía con la banda, pues ni el tracklist de la contraportada ni el número de canciones coincidía con el cd. Crecí escuchando el disco que alguien —el vendedor mismo— puso en la caja incorrecta. Y por alguna razón no me enteré del fallo hasta que el Internet llegó a casa. No podía ser de otro modo: la suprema extravagancia del siempre ciego enamorado es amar de oídas… pero canciones como “Acces High” o el mismo “Powerslave” (las verdaderas) me resultan lejanas, indiferentes. Amar de oídas es adorar con locura sin haber visto nunca lo que se extraña; para Octavio Paz como Maná amar es combatir: confiar a la fe sentimental el deseo más irrefrenable o ceñir simplemente a la suerte el afecto caprichoso de la infamia por lo que se dice. También Mallarmé tuvo su noche de prolongados silencios aunque en la suya, idumea, se enamoró de una forma, de una idea que jamás se vio transfigurada en Libro pero que nosotros intentamos —necesitamos— creer, son sus poemas la definición mejor.

Todavía veo el disco en alguna estantería del Mixup, y me cuesta trabajo asociar un sonido a él que no sea el de mi adolescencia. Y me resisto a revelar su máscara más cara poniendo el álbum en el Youtube, pues de alguna manera puedo vivir así, sabiendo que existe aún la gran obra de Maiden que no he escuchado.

Diego Lima
flm

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