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Mi primer ídolo de los encordados fue Máscara Sagrada. Mi padre se esforzaba por traer a la casa películas de luchadores que encontraba en un local de intercambio de VHS, en uno de esos filmes fue donde conocí a quien también fuera identificado como el Tigre Blanco. Poco después de haber visto una película donde hacía equipo con Atlantis y Octagón, si no mal recuerdo, mi ídolo se presentaba en la desaparecida Arena Toluca. Los niños de ahora no pueden experimentar la sensación de observar en vivo, en carne y hueso, a los héroes de sus películas favoritas; a lo mucho ahora hay botargas, terribles imitaciones. Nosotros, los herederos de la ética y la estética del pancracio, los vimos de frente, existentes, palpables. Entonces todo lo que observábamos en las películas se traspasaba a la realidad, la ficción nunca fue tan real, tan viva. Los valores del bien estaban representados en una figura enmascarada que podía ser cualquiera, incluso nosotros mismos. El mal siempre era vencido, aun cuando se presentaba en forma de horribles pesadillas de la vida real, como traficantes o delincuentes, el bien siempre terminaba imponiéndose. Esos enmascarados nos proporcionaban algo que agoniza en el ahora: esperanza, fe.

            Aunque la historia de la lucha libre en México se remonta, como deporte organizado —antes había sido un espectáculo teatral y de carpa—, a 1933 con la creación, por Salvador Luttherot González, de la Empresa Mexicana de Lucha Libre, no es sino hasta 1952, por su creciente popularidad, cuando el pancracio pasa de los encordados a la pantalla grande. Cuatro son las películas que se estrenan ese año: La bestia magnífica, Huracán Ramírez, la comedia con Resortes: El luchador fenómeno, y fue el debut del que probablemente haya sido el más importante personaje de esta estética, Santo, en El Enmascarado de Plata.

En ese momento era un propuesta muy vanguardista que buscaba no sólo modernizar el cine mexicano, sino también indagar en motivos diferentes a los propuestos por el que ahora llamamos “cine de oro”, que no pasaba de ser una visión romántica del mexicano, del charro bravío, bigotón y honorable, con sus diversas variantes. Cine que siempre estaba en boga de una propuesta moral, de la construcción de una identidad nacional con base en sombreros, caballos e historias lacrimógenas. Muy parecido al proyecto literario decimonónico encabezado por Ignacio Manuel Altamirano. En 2005, salió a la luz el libro de fotografía Espectacular de lucha libre, donde Lourdes Grobet, la autora, dice para La Jornada: “Las luchas son un ritual, un acontecimiento lleno de energía, es lúdico, divertido, catártico […] si el teatro campesino nos mostró el México profundo en el campo, la lucha libre muestra el México profundo en la ciudad”

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El cine de luchadores se enmarcaba en la avanzada de una estética que pretendía mostrar un mundo mucho menos idealizado. Sus tramas ya no se encuentran en las enormes haciendas de la provincia, sino en la ciudad. Tampoco hay que confundirse, no se trata de Los olvidados o El ángel exterminador, no de esa envergadura, pues. Al principio sí fueron historias realistas, en La bestia magnífica dos hermanos se vuelven luchadores porque son muy pobres, pero llega “la intrusa” —interpretada por la bellísima Miroslava—, como en aquel cuento de Borges, que termina por mostrarnos el viejo motivo arquetípico de Caín contra Abel; en Huracán Ramírez está el desafío del hijo que quiere ser luchador, contra el padre que sí lo es, pero que no permite que su descendiente se arriesgue, por lo que el hijo adopta la identidad secreta del Huracán Ramírez, desafiando a la autoridad, hasta que se enfrenta con su padre en el cuadrilátero. Muy dramático el asunto. Aunque las historias de los luchadores en esencia son simples, tenían un poder muy fuerte de identificación con la masa, no sólo por la acción que proporcionaban los encuentros entre buenos y malos, sino también, con el tiempo, en el horizonte de la imaginación, que se transformaba en el encanto de la sorpresa.

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  El cine de luchadores permite que la fantasía y la ciencia ficción se manifiesten en el cine mexicano. La nave de los monstruos (1960), donde aparece el gran Piporro, es considerada la primera película de ciencia ficción en México. El cine de luchadores no tardaría en adoptar algunas de estas formas estéticas para proporcionar atmósferas más terroríficas sobre el mal. Es así como la estética pulp —argumentos de distintos géneros de la ficción como la ciencia ficción, el horror, suspenso, acción, romance y fantasía en los que intervenían elementos de carácter lascivo como la violencia y el erotismo, concentrándose en las variantes de la ficción de explotación, como el abuso de mujeres por parte de extraterrestres o niños abusados por deformes o monstruos grotescos— se desarrolla en el cine mexicano. Se trata de una forma de metaforizar, de crear alegorías sobre la realidad; este cine trae a colación villanos grotescos que horrorizan por sus posibilidades, incluso en la identificación directa con la existencia cotidiana. Y del otro lado está el héroe que se esconde tras la máscara, el bien representado por un símbolo de esperanza, que era el luchador más allá de la arena, más allá incluso que la fantasía.

            El público mexicano, acostumbrado al realismo moralista del cine anterior, pronto adoptó el cine de luchadores como una posibilidad estética que lo sorprendía, que lo maravillaba, que lo lanzaba más allá de sus propias expectativas y que lo arrebataba, aunque sólo fuera por unos minutos, de la realidad de todos los días. Como creación artística, ofrecía el goce de la imaginación; como armado alegórico daba esperanza al espectador, porque no importaba qué tan horrible, espantosa o grotesca fuera la forma del mal, el bien siempre se iba a imponer sin ningún truco especial, sino con la fuerza de la voluntad, que quedaba representada en el pecho desnudo de los luchadores, en la batalla cuerpo a cuerpo, a puño limpio. Al final, en este país de eterno crecimiento, era la voluntad del bien lo único que nos quedaba para sobreponernos, para mantenernos vivos.

            Llámeme idealista, si así lo quiere, pero Blue Demon, Santo, Huracán Ramírez, Mil Máscaras, etc., proporcionaban un tipo de esperanza que está más allá de la ficción, que se vuelve símbolo. Como tal, la máscara oculta el rostro del hombre, pero en el escenario, en la tragedia y la comedia, la máscara aludía las expresiones más profundas del ser, despersonalizaba los sentimientos para hacerlos públicos y así llegar al punto de la catarsis: la identificación podía ser de cualquier espectador y podría llegar a lo más profundo de su alma; el mensaje era para todos, pero el sentimiento que proporcionaba la máscara era exclusivo, único. Por eso no es extraño que Nietzsche pensara que todo espíritu profundo necesita una máscara. Así, el luchador enmascarado se vuelve un remanso en un océano de rostros deformes, terroríficos, muecas que acaso no son más que facciones de nuestras propias caras.

            En 1991 aparece la que podría ser la última película de luchadores, que es más bien parodia, homenaje. La leyenda de una máscara presenta, a manera de novela negra, las obsesiones que hay detrás de las caretas que todos utilizamos y los valores que se mueven en función de una sociedad que ha permitido que sólo gobierne el rostro: la corrupción, la injusticia, el monstruo que miramos con atención en los noticieros, entre micrófonos, pregonando la verdad. Con la muerte del Ángel Enmascarado, en la película, muere la fe y sólo queda la duda, la desazón.

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¿Acaso no nos hace falta el Santo, el Huracán, el símbolo, la esperanza? Roland Barthes, en su libro Mitologías, ofrece una visión sobre el catch, la lucha libre inglesa, que nos devuelve al gusto por la perfección del mito, que nos separa de la violencia de la cotidianidad, de la realidad infame:

Es el único deporte que ofrece una imagen tan exterior de la tortura. Pero aun en estas circunstancias lo que está en el campo de juego es sólo la imagen, el espectador no anhela el sufrimiento real del combatiente, se complace en la perfección de la iconografía. La lucha no es un espectáculo sádico: es solamente un espectáculo inteligible.

Estos, nuestros pequeños mitos, son lo que nos mantiene con una esperanza firme en que hay algo más allá de la realidad que por un instante se vuelve sueño, ilusión. Adoptemos la máscara, observemos como el mal sí se puede vencer, antes de que lo real nos absorba hasta la médula de los huesos. Aunque se haya estado contra la lona, siempre se puede dar la campanada en la tercera caída.

Alejandro Solano Villanueva

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